diciembre 28, 2011

Es increíble la facilidad con que se crean y se divulgan los mitos en nuestro país. Por ejemplo, el mito de “la hoja sagrada”.

Es cierto que la hoja de coca se usaba en la celebración de los ritos sagrados de los Incas y sus amautas, en la época prehispánica. Nadie lo pone en duda.

Pero la coca se desacralizó cuando se instaló la colonia española en los Andes. Y no tiene nada de sagrada, desde que su cultivo fue extendido por los nuevos amos, que para eso trajeron esclavos africanos, para que la cultivasen en las provincias yungueñas.

A partir de ese tiempo, ya no se la consideró sagrada, sino un insumo muy útil para la el desarrollo económico del Imperio, que necesitaba miles de toneladas de plata extraídas del Cerro de Potosí, al costo más bajo posible, con mano de obra gratuita, para sostener sus eternas guerras a lo largo y ancho de Europa y otras regiones del mundo. Y así fue cómo los españoles encontraron en ela hoja de coca una enorme utilidad, para que sirviera de falso alimento destinado a los pobres mineros de los socavones de las coloniales minas de Potosí, que trabajaban en una eterna noche subterránea, sin comer ni dormir hasta morir.

Potosí produjo el 80% del total de la plata que se extrajo en el Perú y el 50 % de toda la que se obtuvo en el mundo a fines del siglo XVI. Del total de 346 millones de pesos ensayados (pureza de 225/240) equivalentes a unas 15.000 toneladas, producidas por Hispanoamérica entre 1521 y 1610, el 67,5 %, es decir, 233.842.571 pesos, correspondieron al virreinato del Perú, y de este total su 77 % salió de las minas de Potosí (www.gabrielbernat.es)

La coca es desde entonces el más fuerte símbolo de la esclavitud y de la servidumbre del trabajador. Y por eso no puede ser la hoja sagrada del mito. Y no hay nada más colonialista en nuestra historia que el cultivo de la coca. Por eso, si se tratara de descolonizar verazmente nuestra historia y nuestra cultura, deberíamos empezar por erradicar la coca totalmente.

Porque incluso hoy; si se “acullica” es sólo para matar el hambre y vencer el sueño del explotado trabajador boliviano. El resto de los millones de hojitas de coca que salen cada año de las regiones cocaleras, legales o ilegales, sólo sirve para que con labotarorios y técnicas “occidentales” lo convirtamos en veneno puro, en cocaína. Un veneno que tiene muy buen precio en el mercado occidental y mundial; es decir, en todo este mundo desdichado, neoliberal.

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Acerca de Enrique Ipiña Melgar

Educador y escritor. Consultor. Me gusta intercambiar ideas, escribir y opinar. Actualmente retirado de la política, la he vivido en casi todas sus dimensiones como luchador por la democracia, Secretario Nacional de Educación, Ministro de Educación, Cultura y Deportes, Senador, Embajador, Ministro de Desarrollo Humano.

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